La complejidad de la vida te la puede enseñar un Bebé
Por Guillermo Casanova elJun 24, 2005 | EnFilosofística | Enviar reacción »
Hace ya 10 años en el Centro Comercial Tamanaco mi esposa para aquel entonces me dejó con nuestra hija en uno de los pasillos mientras ella hacía unas diligencias.
A los pocos minutos de esto, mi hija comenzó a llorar. Al principio un pequeño llanto, después un llanto incontrolable que hacía que todo el mundo volteara a ver qué sucedía.
Yo, un padre nuevo pero con una energía increíble y una voluntad asombrosa para todo lo que se tratara de mi hija, la cargué y comencé a revisar todas las posibles causas del llanto.
Revisé los pañales. No estaba sucia. Le traté de dar el tetero. No tenía hambre. Le dí su chupón. Lo botaba. La distraía cargándola y hablándole. Seguía llorando. Le enseñaba los juguetes que estaban en la vitrina de una tienda. Lloraba más fuerte. La regañaba y la mandaba a callarse (tal vez era solo malacrianza). Lloraba y lloraba.
Ya estaba desesperado. No era la época en la cual todos teníamos un celular porque hubiese llamado pidiendo ayuda.
Pero mi hija seguía llorando y comencé a armar toda una teoría sobre la absoluta necesidad de la madre y de los papeles del hombre y la mujer en la crianza de los niños.
Sentí que mi hija me rechazaba y que esa era su forma de manifestarlo. Llegué a molestarme con mi propia hija porque ya a esa edad manifestaba una clara y dramática preferencia por su madre a pesar de que era yo el que me levantaba, con gusto, todas las madrugadas a buscarla a su cuna para que comiera o a cambiarla. Yo que hacía todas esas cosas y que apenas si dormía cuatro o tres horas por ella. Yo que vivía ojeroso pero feliz por ocuparme de ella. Y de esta manera me correspondía. Me dolía mucho la situación.
Realmente estaba dolido y desesperado cuando llegó mi esposa y sin pedir explicaciones ni armar ningún tipo de alboroto, agarró a mi hija, la cargó y esta soltó el más estruendoso y largo gas que le había escuchado en su vida. Inmediatamente dejó de llorar y se durmió, pero antes, momento mágico en mi vida, me lanzó una sonrisa.
No pude sino reirme. No tanto por el gas que resultaba desproporcionado para una criatura tan linda y tan pequeña, tampoco por esa sonrisa que siempre se ha caracterizado por ser hermosa, sino por toda mi teoría absurda sobre el papel de la madre, la inutilidad del hombre y el rechazo de mi hija a esa edad. ¡Era solo un gas! Y no le salió mientras yo la cargaba, pero si lo hizo cuando la cargó su madre. Mala suerte, mala técnica o lo que haya sido, pero no era nada de lo que había que formar tanta cosa, pero las circunstancias que rodeaban el momento y la situación hicieron que yo viera todo más complicado.
Yo estaba solo, estaba cansado, estaba algo inseguro por estar en un lugar público con una bebé, su coche, sus teteros, la pañalera… y el llanto, a unos decibeles increíbles, de una bebé que era mía y que por lo tanto me afectaba emocionalmente; todos estos factores me hicieron perder la perspectiva real y cree una situación crítica y errada.
Son este tipo de situaciones las que nos hacen actuar de manera equivocada porque la suma de los factores que influyen sobre nosotros en el momento nos hacen perder la capacidad de raciocinio y reaccionamos en defensa con un ataque desproporcionado y desajustado a la realidad.
Lamentablemente la vida no nos pone las cosas fáciles y este tipo de situaciones suceden muy a menudo, lo cual implica que nos equivocamos en muchas más ocasiones de las que creemos.
En el caso con mi Bebé, no hubo ninguna acción equivocada, solo un pensamiento equivocado que no se materializó en una acción. Pero pude haber reaccionado agrediendola físicamente, cegado por toda una teoría que no era cierta.
Pero en muchos casos en la vida real, no tenemos la oportunidad de darnos cuenta de nuestros errores perceptivos y actuamos materializando el error.
¿Cuantas veces no le gritamos a una persona que se nos atraviesa con su carro sin saber si lo hizo de manera adrede o accidental?
¿Cuantas veces no regañamos a nuestros hijos sin saber si realmente hicieron lo que asumimos a priori que hicieron?
¿Cuantas veces reaccionamos en contra de alguien sin pensar en los motivos de la otra parte?
Y la vida sucede tan rápido que no tenemos tiempo para pararnos y reflexionar sobre lo que hicimos para poder reparar nuestros errores.
Pero debemos intentarlo.
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