Lo que en un hotel de lujo sucede no siempre tiene cinco estrellas
Por Guillermo Casanova elOct 13, 2004 | EnVivencias | Enviar reacción »
Estando en el baño, sentado, reflexionando, recordé un episodio de un viaje que hice a Miami.
Llegué en la noche al Hotel Marriott que queda cerca de Dadeland. Me hospedaron en una suite de lujo por un inconveniente que había tenido en una estadía anterior. La suite era espectacular y como detalle adicional, el gerente general me obsequió unos chocolates que colocaron encima de una almohada. En fin, todo un lujo.
Pero la fisiología humana no es respetuosa con los lujos y lo idílico de la habitación no impidió que me dieran ganas de ir al baño a hacer la necesidad fisiológica gruesa mejor conocida como "cagar".
Estando sentado, tal como lo hice cuando recordé, también sentado, este episodio, expulsé prolíficamente coprolitos que, a pesar de todos los jaboncitos, perfumes, shampoos, ventilaciones del baño lujoso, llenaron el ambiente con un característico y fétido olor.
Dicen que el problema con las dictaduras, al igual que con las malos olores, es que uno termina acostumbrándose a ellas. Pues primero me acostumbraría a la peor de las dictaduras que al olor de aquel día, en el baño de lujo.
Mareado, entorpecidos los sentidos, me limpié lo más rápido y mejor posible y con el papel higiénico tan lujoso que parecía que no existiera por lo suave, me limpié y me limpié y sin darme cuenta, el escusado, tapé.
Pues heme aquí, en un hotel de lujo, en una suite de lujo, invitado de honor, con chocolatitos en la cama y ¡la poceta tapada!
Eso no sería nada del otro mundo si pasara en tu casa, en un baño público, en una escuela, en la universidad, en algún lugar en el que uno pueda corregir el problema o sencillamente, huir.
Pero en esta ocasión, no me quedó más remedio que, a las 12 de la noche, llamar al servicio de mantenimiento y decir, mejor dicho mentir, que así lo había encontrado y que lo vinieran a arreglar y que yo iba a salir.
Tuve que inventar una salida y cumplirla, para no admitir frente a algún personal de mantenimiento, que yo, el homenajeado de lujo, el de los chocolaticos en la cama, el de la habitación que el gerente general había pedido que le comunicaran cada detalle del servicio, en fin yo, el que entró al hotel con cara de ustedes me deben, yo soy yo, el supremo; había cagado tanto que tapó la poceta.
Al regresar, dos horas después, muerto de sueño y con dos cervezas encima tomadas a regañadientes para pasar el rato en un bar cercano, el problema estaba arreglado. Todo como si nada.
Pero ya yo no podía caminar por el hotel y enfrentar a cualquier empleado sin pensar que ellos me estaban viendo e internamente burlándose diciendo: ¡Já, ahí va el cagón lujoso!
No me atreví a visitar al gerente general para agradecerle el gesto de la suite.
La noche anterior a la salida, hice el checkout por la TV, ¡Gracias tecnología! En la madrugada, me entregaron un sobre debajo de la puerta con el recibo, pero nunca lo quise abrir. Tenía la idea fija de que en la factura ya no me llamaban por mi nombre, me lo habían cambiado por "El Supremo Cagón".
Ahora cuando viajo, llevo siempre en mi maleta un destapa pocetas.
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